En este texto desarrollaré la importancia del vínculo de hermanos tanto en la vida infantil y familiar, como en la cotidianeidad actual. Es una emoción necesaria para la vida que se relaciona con la ‘hermandad’ y tiene incidencia directa en la relación con los pares y los colegas.
A lo largo de este texto desarrollaré algunos conceptos propios, junto con el de diferentes autores, para estudiar el fenómeno de la hermandad desde diferentes perspectivas. En estos últimos tiempos se observa el emergente de la crisis de la paternidad desde lo simbólico: el poder paterno, la función paterna están en declive, lo que no puede sino transformar la estructura nuclear de la familia. Somos testigos que transitamos simultáneamente las transformaciones sucesivas que conoció la configuración familiar con la aparición de las nuevas familias, monoparentales, igualitarias o recompuestas. Todos estos cambios inciden y modifican los vínculos fraternos: la hermandad.
Habrán leído que la posmodernidad se caracteriza por la velocidad de los cambios, por el incremento de la individualidad, por la multiplicidad de contactos facilitado por la informática; y por la rivalidad y competencia aumentadas por la disminución de los puestos trabajo, y la aparición de otros nuevos, mas sofisticados.
Para historizar un poco, cito a Freud, que nos decía en ‘Psicologia de las Masas…'(1) «en la vida anímica del individuo el otro cuenta, con total regularidad, como modelo, como objeto, como auxiliar y como enemigo, y por eso desde el comienzo mismo, la psicología individual es simultáneamente psicología social…»
Está hablando de la intersubjetividad: la relación con el otro en su amplio aspecto. La relación entre hermanos es una representación mental y es la primera alianza por la que se ingresa a la cultura. Su función es posibilitar la aparición de un campo simbólico subjetivo: el de la hermandad, la intersubjetividad, que implica la existencia del otro en la vida de uno desde los momentos más primarios de la vida de relación.
El fenómeno de la intersubjetividad consiste en reconocer y articular los espacios psíquicos diferentes entre cada sujeto, contemplando (y pudiendo aceptar) las similitudes y las diferencias. Cuando hablamos de hermanos, estamos citando un concepto no solo referido a los hermanos biológicos, sino a la relación con aquellos con los que se despliega la hermandad. Con ellos se establece un modo de relacionarse (un grupo interno) que se construye y funciona como un espacio psíquico común y compartido.
Pichon-Rivière (2) define la relación de objeto como “la forma particular que tiene el yo de relacionarse con la imagen de un objeto colocado dentro de uno” e incluye a la solidaridad como la expresión hacia el mundo externo (y con el otro) como la expresión del yo, separado de ese ‘objeto interno’. Esto significa que para estar con otros, hacer intercambios, compartir gustos, o separarse por diferencias irresueltas, etc; tiene que haber ocurrido un pasaje anterior por la fase de madurez personal que lleva hacia el mundo externo en la búsqueda de pares, y oportunidades, situando en otro lugar afectivo a la familia, la que deja de ser un referente social, y sí continúa siéndolo desde lo emocional.
Un sentimiento emergente de la familia y los hermanos (biológicos o no) es la solidaridad que posibilita a los seres humanos que se presten ayuda mutua sobre la base de una causa común. La cooperación, por su parte, es la actividad colectiva y común de intercambio entre sí. Las vicisitudes en la conformación del vínculo fraterno y las características que éste logre dependerán de la dinámica familiar.
Allí germina la igualdad o la diferencia; la posibilidad de discernir y darse el propio lugar respecto del otro; o el sometimiento con la concomitancia: disminución de la libertad individual, resentimiento, escaso desarrollo en función de los propios deseos. Cuando el ámbito familiar fue campo de violencia psicológica, vehiculizada por imposibilidades parentales de reconocer la singularidad de cada hijo; o por el trato en si de tipo hostil y con distancia exagerada, se generan déficits en la subjetividad con diversos estados asociados: empobrecimiento personal, sufrimiento, desesperanza, comunicación insatisfactoria con los pares, que conlleva a la pérdida del sentido de la existencia en los casos más complicados.
René Kaës (3) dice que en el vínculo fraterno tratamos con otro; un otro que incluye a lo que representa para uno (el sujeto en cuestión) y describe ciertas vicisitudes del complejo fraterno. Una de ellas es:
a) la forma radical del antagonismo entre la vida y la muerte (la rivalidad, competencia, solidaridad);
b) otra es la autoconservación y la afirmación narcisista. Se arraiga y se despliega en una dimensión transgeneracional, la que va ‘hacia’ el mundo externo y se objetiviza en el trato con esos otros.
Según este autor este complejo se observa muy claramente en la familia, en el momento de la muerte de los padres. Los hijos son herederos y la apuesta de la transmisión de lo que está narcisisticamente en juego. La muerte de los padres es siempre una puesta a prueba del lugar que cada hijo o hija ocupó en su amor; del estatuto que estos padres le concedieron. Podemos ver los testamentos no sólo como “actos jurídicos que regulan la transmisión de los bienes de una generación a la siguiente” sino como testimonio de amor o de odio entre los herederos.
El reparto de los objetos y de los bienes no es sólo material sin otro tipo de alcance o de significación; se inscribe en la dinámica y en la economía psíquicas de los vínculos familiares y especialmente de los vínculos entre los hermanos y hermanas fomentando, muy a menudo, fantasías y escenarios que traducen no sólo los miedos de cada uno sino la envidia, los celos y también el amor que organizan la dinámica fraterna.
La muerte parental pone de manifiesto la apuesta mayor de vínculo fraterno: el reparto, que es el rasgo especifico de la comunidad de hermanos y hermanas, y es también la fuente de sus desgarramientos. Este es el motivo por el cual, algunas sucesiones pasan de ser un litigio común a un expediente altamente complicado y hostil.
Otro autor, Luís Kancyper (4) tambien desarrolló el complejo fraterno, pero desde una perspectiva novedosa. Lo describe como un conjunto organizado de deseos hostiles y amorosos que el niño experimenta respecto de sus hermanos. Dice que este complejo trasciende lo vivido individual, ya que el hijo único como todo ser humano, tramita los efectos generados por este complejo en la interrelación con los otros sujetos pares (con chicos de su edad, del mismo ámbito, de la misma familia, de la escuela, etc).
Describe cuatro funciones estructurales, respecto de la hermandad:
a) Sustitutiva
b) Defensiva
c) Elaborativa
d) Estructurante
a) La función sustitutiva del complejo fraterno se presenta como una alternativa para reemplazar y compensar funciones parentales fallidas. También opera como función defensiva frente a las angustias y sentimientos hostiles relacionados con los progenitores, pero desplazados sobre los hermanos. Ejemplos:
1) un varón puede tomar a la hermana mayor como objeto de amor en sustitución de la madre, cuando ésta presenta dificultades severas en el cumplimiento de su función.
2) la niña puede encontrar en el hermano mayor un sustituto del padre, cuando aquél no se ocupa de ella con la ternura y presencia requeridas en los primeros años. Como esto ocurre en la vida infantil, no se puede sostener por mucho tiempo. Entonces en la vida adulta se instala una situación de rivalidad con un tinte hostil (por la sustitución obligada), que marcará significativamente la noción de hermandad.
b) La función defensiva del complejo se manifiesta cuando se encubren situaciones conflictivas no resueltas.
Aquí el sentimiento de hermandad evita la confrontación generacional (con los progenitores) con el objetivo de aliviar la angustia que eso provoca. El mecanismo inconciente que se pone en juego es el desplazamiento emocional entre los hermanos y se producen múltiples malentendidos.
Con frecuencia, son los mismos padres (a raíz de sus propias deficiencias) los que promueven las competencias hostiles entre los hijos. De ese modo, interceptan en los hermanos la espontaneidad para construir lazos solidarios y de confraternidad; y así fundan entre ellos un poder horizontal que contrasta y confronta precisamente, el poder vertical detentado por los padres en la dinámica familiar. Generalmente este fenómeno vuelve a aparecer en la vida en situaciones similares (como efectos del mecanismo de repetición inconciente) por ejemplo, en relación con la autoridad, con los colegas, entre otros.
Cuando la defensa es intensa y se mantiene a lo largo de la vida obstaculiza el desarrollo vital, y es necesario un trabajo de elaboración (que generalmente se lleva a cabo a posteriori de la situación traumática) para desarmar esta función defensiva.
c) La función elaborativa de dicho complejo es fundamental para la vida psíquica, no sólo por su propia envergadura estructural, sino porque aporta la idea de ‘los otros’ en la relación horizontal. Cuando el sujeto queda fijado a traumas fraternos, permanece en su mente la atormentada rivalidad con sus semejantes y se le presentan dificultades en los momentos exitosos. En esta conducta participan además, el sentimiento inconciente de culpa fraterna (de naturaleza superyoica) con su correspondiente necesidad de castigo: se observa en el fracaso inesperado en las tareas realizadas; en la imposibilidad de crecimiento en las instituciones, etc.
d) El papel estructurante del complejo fraterno inaugura un espacio en la organización de la vida anímica del individuo, de los pueblos y de la cultura. En ese espacio interno de la persona queda la huella de la relación con los otros especialmente de los pares; la relación con la jerarquía (en el ámbito profesional) y la elección del objeto de amor (se elige una relación amorosa en función de una paridad o de una visible disparidad).
El hermano o hermana es el primer otro (par), ése que deja huella de lo que es un semejante. Cuenta en la vida anímica del individuo como modelo, como auxiliar y/o como enemigo; como compañero de juegos, de aporte de placer, de peleas con resolución favorable, etc; con quien se interactúa tempranamente y nos deja esa marca psíquica.
El Complejo Fraterno aporta claridad para el conocimiento de los incesantes e intrincados psicodinamismos que intervienen en la permanente estructuración y desestructuración de las realidades psíquica y social, y que abarca al universo personal y laboral.
Rivalidad y protestas fraternas
El fenómeno llamado la protesta fraterna se observa cuando alguno de los hermanos/as manifiesta una agresión franca y un rechazo indignado, hacia otro que para él/ella, ostenta un lugar favorecido e injusto. Surge a partir de la imposibilidad de los padres (ya citada) en relación con la crianza, donde por alguna razón personal/conflicto, han favorecido a alguno de sus hijos por sobre los demás. En estos casos, la presencia de ese otro es vivida como la de un rival e intruso que atenta contra la legitimidad de los propios derechos.
Cuando subyace en el psiquismo se reactiva posteriormente en la vida de relación generando problemas, especialmente en el ámbito profesional en la interacción con los colegas.
En la protesta fraterna circula una amplia gama de afectos, fantasías y poderes hostiles. Si la rivalidad es muy intensa entre hermanos, da lugar a sentimientos de malestar suscitados a partir de pactos secretos que cada hijo establece con una o con ambas figuras parentales. Por esta razón cada hermano, desde su diferente lugar en el orden de nacimiento, porta diversas protestas fraternas. Cuando el transcurso de la vida familiar es razonable, este complejo se instaura en la vida psíquica sin dar lugar a conflictos posteriores.
Con insólita frecuencia hallamos que el deseo de permanecer en el lugar del hijo único, se ha conservado en lo inconsciente y despliega desde el ámbito de lo reprimido, sus efectos particulares. así, frente a las angustias del mundo y sus contingencias, la persona se aferra a esa creencia para defenderse del peligro que siente que no puede manejar. Esto sucede cuando no ha sido elaborado el pasaje de uno a dos (o más hermanos) y la posibilidad de que cada hijo tenga un lugar propio en esa familia. Este complejo se reeditará en los lugares profesionales en las empresas, instituciones o diversos ámbitos de trabajo.
Para finalizar, volvemos a citar a Freud (5) quien dice: “La posición del niño dentro de la serie de los hijos es un factor relevante para la conformación de su vida ulterior, y siempre es preciso tomarla en cuenta en la descripción de una vida”. El papel sustantivo que desempeña el orden del nacimiento de los hijos, tiene la condición de fuerza impulsora que interviene en la formación de carácter y en el dinamismo de los procesos identificatorios y sublimatorios.
La clínica psicoanalítica revela y corrobora que, con notoria frecuencia, que suele ser el hermano menor el que intenta descubrir, conquistar y cultivar los nuevos territorios; mientras que el mayor suele asumirse como el seguidor de la generación precedente, sobrellevando el ambivalente peso de actuar como el continuador y el defensor que sella la inmortalidad de sus predecesores. También se evidencia en él un recelo en cuanto a no ser cuestionado en su exclusivo lugar como el supuesto único y privilegiado heredero ante los subsiguientes hermanos usurpadores (es un fenómeno inconciente).
El primogénito suele ser identificado, desde el proyecto parental, como el destinado a ocupar el lugar de la prolongación y fusión con la identidad del padre. También se le adjudican identificaciones preestablecidas, listas para usar; mientras que sobre el segundogénito suelen recaer idealizaciones menos directas y masivas, e identificaciones menos precisas.
La experiencia nos enseña que la rígida división de los lugares de los hijos, como meros objetos para regular la estabilidad psíquica de los padres, da cuenta de severas perturbaciones en la plasmación de la identidad de la pareja parental. Es la misma perturbación que se desplegará en los procesos sublimatorios (fallidos) de cada uno de ellos y entre los hermanos.
Ser hermano menor exige un recorrido identificatorio más complicado para el logro de la identidad, porque permanece excluido del lugar identificatorio con los progenitores; y suele llegar -a través de un rodeo- a la búsqueda de nuevas alternativas exogámicas. Este recorrido identificatorio genera un trabajo psíquico adicional, que es propiciador de búsquedas y de nuevas incursiones en los territorios desconocidos: suele ser el cuestionador y el creador.
Bibliografía
- Freud S Psicología de las masas y análisis del yo – (1921) [1992]) Obras Completas – Ed. Ballesteros
- Pichon-Rivière Enrique – Teoría del vinculo – Nueva Visión -(2006)
- Kaës René – El complejo fraterno – Dunod Ed – Paris (2008)
- Luís Kancyper – El complejo fraterno – Ed Lumen – (2004)
- Freud S (1916) – Conferencia Nº 21: “Desarrollo libidinal y organizaciones sexuales” – Amorrortu Ed.



